19.9.09

Hacer ficción en México está cabrón


Partamos del concepto de ficción como un estímulo cerebral intenso que va más allá de los impulsos neurales mecánicos, ordinarios; como una alteración nerviosa compleja, un baño especial de neuropéptidos que recibe el cerebro y que le genera emociones variadas, impredecibles. 

Cuando nos gusta el aparato ficcional que se nos ofrece, es decir, lo que vemos o leemos es entretenido  y además nos interesa (una ficción o un grupo de ellas) construimos en la conciencia además de una alta dosis de capacidad de asombro una motivación extra: la de pensar el entorno por encima de nuestras previsiones.

Ese es el principal componente de la ficción: alterar el mundo simbólicamente, pero levemente, un sutil ajuste de cuentas con la realidad.  Sucede que ese mismo impulso cerebral está presente en la mayor parte de las religiones. Y así nos va.

Acabo de leer (y ver en youtube y periódicos) las imágenes lamentables de otro maniático religioso (ahora en el metro de la Ciudad de México). Sumado al secuestrador del avión en Cancún y a las decenas de testigos de jeovhá, católicos y santeros, además del narcotráfico espiritualizado y de la patria como un sacramento religioso (el país como un dios), pienso en lo difícil que resulta para un artista  construir una ficción atractiva para esa gran mayoría de población que está sobre-estimulada constantemente por un entorno prolijo en sucesos que desajustan las previsiones conjeturales cerebrales básicas del tiempo/espacio y que además tienen el pensamiento mágico/religioso metido casi en el genoma, casi como una respuesta a todo lo desconocido.

¿Cómo hacer un teatro, literatura y cine de alcances populares cuando buena parte de la gente en México y América Latina en general, tiene cubierta (rebasada, incluso) su capacidad de asombro y la religión consuela el ansía por dinamitar "lo real" o por lo menos por ponerlo en duda? ¿Cómo llevar a alguien al teatro con verdadero interés (lugar previsible como pocos) que se ha leído por la mañana el Alarma mientras viajaba en trolebús y presenció un asalto (o recordó el propio, que es lo mismo) y afuera un payasito mediocre aventaba bolas de fuego a mitad de la calle? ¿Se puede competir con tanto estímulo disperso?   

Valdés Kuri, en ese sentido, tiene toda la razón cuando afirma que el mejor teatro mexicano se hace fuera del teatro y es involuntario, yo agregaría que nuestra cultura (la hispanoamericana, pero sobre todo la mexicana, ese mestizaje bizarro), está tan ligada a elementos religiosos que la ficción se instala en la psique social como un subproducto de otras ritualidades (el civismo patriotero, las muestras de fe, el gusto por la muerte y el morbo, la mistificación instantánea de los sobrenatural y el peligro inminente) . Gustavo Ott, al respecto, me decía antes de ir a México que los dramaturgos mexicanos deberíamos escribir periodismo y no ficción. 

Últimamente tiene toda la razón.  

2 comentarios:

Vidal Medina dijo...

Ando de visita en tu blog y me han dado ganas de contestar asi que ahi va:
Una es la realidad del DF, que no es toda la realidad mexicana, aunque la mayor parte de las ciudades son violentas y tienes razón en cuanto a que el imaginario mexicano está acostumbrado a sublimarlo todo por medio de sus creencias religiosas.

Estoy de acuerdo que cuando la ficción gusta hace que el espectador se olvide de sí mismo. Este olvido de sí es parecido al éxtasis místico. Pero va acompañado de un distanciamiento y un “alivio”: lo que le pasa al protagonista del drama “no soy yo”, pero “podría ser yo”. Cuando el drama es bueno ese pensamiento está digamos inconsciente, pero latente, estamos imbuídos de lo que sucede en escena.
Si el drama falla, estaremos pensando en los actores, en la escenografía, en la iluminación y todo aquello que arropa al drama, pero no estaremos dentro del drama.

Este estar “dentro” del drama, es complejo porque estamos “afuera” a la vez. Pero es el fin del drama: atrapar y no sólo conmover.

Ahora tu pregunta es ¿cómo seguir haciendo ficción en un mundo dominado por el espectáculo masivo, en el que los espectadores están acostumbrados a ver y vivir de manera intensa el festín violento de la realidad?

¿Cómo meter a la gente al teatro en esta época? Me parece una pregunta importante y no puedo apresurarme a darte una respuesta. Sólo puedo recordar al dramaturgo alemán Federico Schiller, que se hacía la misma pregunta en el dieciocho, pues decía que la realidad rebasaba al teatro.

El problema es el mismo que en otros tiempos, sólo que ahora nos toca resolverlo a nosotros. El reto es dejar de ver a la ficción como una competencia de la realidad y verla sólo como una alternativa.
También habría que pensar en qué es lo que deseamos, un teatro exitoso, en términos de cantidad de gente que asiste al teatro, o uno efectivo.

Saludos cordiales.

olmosdeita dijo...

Vidal, carnal:

"El reto es dejar de ver a la ficción como una competencia de la realidad y verla sólo como una alternativa".
Me quedo con esa frase, brillante. Me parece muy pertinente tu reflexión. Por cierto, la violencia de la Ciudad de México, per capita, es menor que la de muchas - más de diez - ciudades mexicanas. Es más, creo que en el DF la seguridad es buena para la brutalidad de habitantes, no así en otros sitios, aunque coincido que en la psique violenta del país, uno piensa en algún barrio chilango, sin duda.
Gracias por tu visita, aquí nos seguimos leyendo.

Abrazo.

Pd. Es verdad, aquella imitación de Paz, ya borrachos - después de unos tacos al pastor, recuerdo - en Querétaro fue para mí casi un acto de comunión. Me divertí mucho, con distancia la mejor Muestra de Dramaturgia.