25.7.20

A mi tía Guillermina Álvarez Icaza Sánchez

Tuve una tía que cuando estornudaba el mundo se paralizaba. El estruendo era tal que podía interrumpir cualquier acto público. Por eso, cuando me dijo que tenía Covid-19 al igual que dos de sus hermanas, también tías muy cercanas, fue por la que menos me preocupé. Conocía el fragor de esos pulmones, que más de una vez nos hicieron ruborizar por acompañar "a la señora rubia del estornudo".
Y aunque mi tía Petu estaba librando bien la batalla contra el covid, fue su corazón, en aparentemente una de las secuelas de este virus mortal, quien detuvo sus abrazos, sus estornudos, sus viajes "al rancho".
Fue mi tía más cercana y sin duda la mejor amiga de mi mamá. Y no, no estoy llorando, solamente se me metieron los viajes a Acapulco, al Cici, a Reino Aventura, a la feria del pueblo (esa patria añorada: la felicidad infantil), el verla siempre en los acontecimientos importantes de mi vida, que iba a todas mis obras y me felicitaba aunque estuvieran regulares. Se me metió el cariño de tantos años en los ojos.
Escucho el último audio que nos enviamos donde le digo que la sombrilla verde que situaba afuera de su cabaña para pasar las mañanas seguía afuera y que la lluvia la iba a maltratar. Me dice que sí, que va a pedir que la resguarden. Aunque sé que ella esperaba volver pronto, tan pronto que quería dejar todo montado, como si la convalecencia fuera solamente una pausa.
Gracias por tanto, querida tía.
 

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