25.8.07

Vieja moda futbolera

Era uno de esos niños aficionados a las revistas de futbol. Eso me duró hasta la pubertad, cuando era un verdadero coleccionista de todo tipo de publicaciones futboleras y sabía de memoria datos inútiles sobre el futbol mexicano, como por ejemplo que Nicolás Navarro (arquero del Necaxa y tercero en la copa del mundo del '94) había nacido también un 17 de septiembre, o que Ricardo Peláez (delantero surgido en América que pasó por Necaxa y Guadalajara) y Raúl Martínez Sámbula (zaguero hondureño de Correcaminos) nacieron un 14 de marzo de 1963.


Ahora sólo compro de vez en cuando, uno que otro suplemento deportivo. No olvidaré Balón, Tarjeta roja, Mundo deportivo, Gol!, Los comentaristas, Deporte ilustrado y otras que ahora no recuerdo con precisión, aunque veo apenas sus portadas, el papel viejo, algunos encabezados, el diseño paupérrimo y los poster's de cada edición, que en una cara tenían a un jugador estrella de futbol y en la otra una mujer semidesnuda, a veces ataviada con los colores del club en turno.
También compraba los suplementos de Ovaciones -todos los domingos después de ir a misa- y a veces alguien que vivía en la capital me llevaba la edición deportiva de Reforma o El Universal. También compraba La Afición y unas revistas multideportivas de cuyo nombre no puedo acordarme. Nunca compré el diario Esto porque me recordaba a los viejos que habitaban las peluquerías donde mi padre me llevaba, y porque no tenía fotos a color, además se pegaba a las manos el papel, y los dedos quedaban púrpuras.
En fin, llegué a tener una hemeroteca futbolera respetable de la que sólo quedan unas cuantas cajas humedeciéndose en la llanura.
En esas revistas, casi invariablemente, pero sobre todo en la mítica Tarjeta Roja que según recuerdo hacía don Ignacio Basaguren, había una sección dedicada a conocer "el lado humano" o "familiar" de los futbolistas, y les hacían reportajes en sus casas o en algún parque con sus hijos o esposas, con preguntas sobre sus gustos, amigos, películas y libros favoritos. También había una sección -ésta siempre la escribía una mujer- donde hablaba de la moda deportiva y de los solteros más codiciados por aquellos tiempos, siempre destacaban Zague y Roberto Andrade porque eran los únicos que con dinero y fama no habían zucumbido a la tentanción de procrear con una hermosa rubia adolescente.
Todas esas imágenes corresponden a los noventas. Esa década que se debate entre la posmodernidad y la bizarrés, entre la tecnología y la desigualdad y que tuvo tres mundiales que fueron subiendo de intensidad hasta el mítico '98 de Zidane.
Pocas alegrías recuerdo con tanta nostalgia como la de abrir ese pequeño mundo que era una revista nueva de futbol, la semanal, la cuatrimestral, la mensual y las ediciones especiales, que eran las mejores, aunque se repetían todo el tempo y cada cual decía lo mismo que la otra pero con fotografías distintas.
En fin, la gente de En una baldosa (http://www.enunabaldosa.com/), sin duda la mejor página web sobre futbol histórico, tiene una sección donde hace un breve recuento acerca de algunos jugadores y sus modas, con modelos que provocan sonrisas de pudor y carcajadas de burla, lo curioso es pensar, después de ver a más de uno (especialmente a Diego Fernando Latorre y Maradona): ¿este tipo fue mi ídolo?



9.8.07

No tocar

Se presentó No tocar, obra para infantes sobre abuso sexual, durante la quinta Muestra Nacional de Joven Dramaturgia, en Querétaro.

Dirección de Paulino Toledo, queretano joven y amistoso.

Gracias a los hacedores (dos actrices magníficas); al público sobre todo por los comentarios, aplausos y demás. A los colegas por los buenos deseos, las refelxiones y a los niños que vendrán, para ellas escrita la obra.

http://www.oem.com.mx/diariodequeretaro/notas/n371406.htm

9.7.07

¡Allá nos vemos!



Algunas fechas confirmadas. Si pueden darse una vueta, nos saludamos.


La voz oval. Fondo Editorial Tierra Adentro. 2006.


15 de julio, 17:00 horas, Feria del Libro Infantil y Juvenil de Pachuca. Centro Cultural del Ferrocarril.
Del 17 al 22 de julio. Muestra Nacional de Joven Dramaturgia. Santiago de Querétaro, Querétaro.
19 de julio. 20:00 horas. Estreno de No tocar. Dirección de Paulino Toledo. Museo de la Ciudad. Santiago de Querétaro.
25 de julio. 18:00 horas. Capilla Elìas Nandino, del ex convento del Carmen. Guadalajara, Jalisco.
26 de julio, 18:30 horas. Casona de Juàrez. Benito Juàrez, esquina con Felipe Valle. Acapulco Guerrero.
28 de julio. Horario por confirmar (será en la tarde noche, dicen) Centro Cultural de Apan, Hidalgo. Y fiesta final en el bar Barzu de Ciudad Sahagún.


Allá nos vemos.

21.6.07

Disculpen la nostalgia

FAG


Cuando uno comienza a viajar, aunque sea desde la letra impresa, surca mares y aborda aeronaves o buques en la grafía de autores varios, imagina, supongo que por lo menos una vez, su propio viaje iniciático. El viaje que abra las puertas del mundo, que divida el mapa en dos, que suponga un antes y un después.
Yo tuve la suerte de seguir mi pequeño viaje de iniciación en España.
La iniciación, según algunos catálogos sufíes, nunca termina. Me siento (no soy el único) muy agradecido con la Fundación Antonio Gala por darme nueve meses de tranquilidad, comida en el plato, internet y la oportunidad de conocer a personas estupendas. Cuando solicité la beca, como muchas de las cosas que he pedido últimamente, no había otra razón más que la pura sobrevivencia, el instinto que te obliga a querer comer todos los días, dos y hasta tres veces por día.
¿Qué le retribuyo a la Fundación, a la sociedad andaluza, cordobesa, española? Supongo que muy poco, o nada. Pero escribí teatro, mi oficio desde hace unos años y con eso basta.
En cantidad diré que entrego varias obras, de tamaños y estructuras diversas, algunos proyectos artísticos con otros compañeros de generación, haciendo ver que la fecundación cruzada de la que habla Antonio Gala es posible, algunas notas sobre crítica literaria, y finalmente un gran dolor en la espalda por estar recargado varias horas al día frente al ordenador.
Escribir teatro es un oficio poco grato, yo diría que hasta de mal gusto. Todos quieren ser poetas o novelistas, algunos hasta teóricos, pero ser dramaturgo deviene en automática insignificancia. Salvo excepciones brillantes, la tarea dramática está sepultada bajo años de mediocridad en lengua castellana. La dramaturgia se separa, cada vez más, del canon literario, por su parte el teatro (con los dramaturgos incluidos) se vuelve un espacio agreste, donde sólo caben unos cuantos.
Consciente de que soy un escritor mediocre elegí el género dramático para poder obtener becas como ésta y acceder también a algunos premios. He tenido buena suerte, no lo niego. Ojalá que existan más espacios para la promoción del arte dramático desde la escritura, de lo contrario estamos condenados a ver a la dramaturgia como una pieza más de un probable museo literario de reliquias, además yo me quedaré sin trabajo.
En fin, que el recuento obliga a la nostalgia. Y ustedes disculpen, es común ponerse sentimental. Sólo diré que voy a extrañar enteramente el último año de mi vida. A Aixa no la voy a echar de menos (ya se sabe), pero voy a extrañar especialmente a Cristina Nuñez Pereira, Laura Romera, Sofía Castaño, Belén Cobaleda García Bernalt, y Raúl Valero, a los actores de El gancho teatro, a Javi y Antonio, a don Rafael Dorado además de a la ciudad de Córdoba, particularmente un par de bares céntricos y algunos rituales que se hicieron hábitos de becario.
Al final, ya se ha dicho, sólo queda la gente, y al parecer eso es justamente el drama.
A todos gracias por estos nueve meses.

1.6.07

Juan José Gurrola (1935-2007)





El teatro no es la representación de la vida, sino lo que la vida tiene de representable.



Juan José Gurrola +

Ha muerto uno de los pilares de la dirección escénica mexicana, y por qué no, latinoamericana. Juan José Gurrola Iturriaga, notable director de teatro, extraordinario constructor de espacios y polémico teatrista, extrovertido hasta la saciedad murió hoy en la madrugada (1ª de junio) de la Ciudad de México.

Es curioso que las agencias de noticias y los diarios nacionales en su primeras notas hablen de "la muerte del cineasta", o "la muerte del dramaturgo", haciendo ver un pobre conocimiento de la obra y figura de este poeta de la escena.

Gurrola es y será, primero que nada, un director de actores, después un creador escénico y finalmente todos los adjetivos artísticos que se quieran.
Maestro como pocos, comenzó su mito en Casa de Lago, de la UNAM donde fue parte fundamental de los movimientos de teatro de vanguardia que ahí se gestaron, al lado de Hugo Gutiérrez Vega, Vicente Melo y García Ponce, entre otros.
Recuerdo a Gurrola, en el escenario del Carlos Lazo de Arquitectura, después del estreno de Hamlet, con el que prácticamente se despidió de la escena mexicana, manoteando en los aplausos y rehuyendo a cualquier sentimentalismo del público o autoridades, con su voz extraña, atascada en la garganta, llenando el lugar de improperios.

Gurrola nació en la Ciudad de México, el 19 de noviembre de 1935. Estudió arquitectura en la UNAM y en 1957 hizo su primera incursión en el teatro como actor y al año siguiente asumió la dirección del grupo de teatro en su facultad.En 1961 recibió una beca de la Fundación Rockefeller y viajó a Estados Unidos para estudiar Dirección y Producción Teatral; también estudió Diseño y Tecnología teatral, y pasará una temporada como estudiante huésped en el Living Theatre, en Nueva York. Luego estuvo en Alemania donde estudió Escenografía y Dirección de Escena en el Schlosspark Theatre, y asisió como observador al proceso creativo de Rosamunde Floris, con escenografía de Erwin Piscator.En 1963 le fue concedida una extensión de la beca Rockefeller para seguir estudiando diseño y tecnología teatral. En 1975 recibiría también una beca Guggenheim para estudiar teatro. Así se forjó el artista multidisciplinario, que llegó a ser dramaturgo, traductor, director, actor, coreógrafo, arquitecto, diseñador, músico, cineasta, periodista, fotógrafo, pintor y más allá, un creador irreverente, lleno de genialidad y de chispa. Pionero conceptual, líder dark con piel de teatrero, engendro de Bretón o prófugo del círculo de Andy Warhol, fueron sólo algunos de los sobrenombres que le colgaron a lo largo de las décadas, pero pocos saben que además de ser uno de los pilares de la escena fue pionero del arte sonoro y aguerrido militante del arte pop. Realizó también algunas coreografías para el Ballet Independiente, como "An olympic love affaire at the airport bar", de 1967.

Escribió y dirigió numerosas obras teatrales tanto en México como en el extranjero, entre las primeras destaca "Nietzsche in the kitchen" (1969) y "Los buenos stragos" (1970).Fue autor de diversos guiones de cine, radio y televisión, y obtuvo diversos reconocimientos, entre ellos, una Mención Honorífica en el Festival de Cortometraje en Guadalajara, por Gironella, y otra en el Festival del Mar del Plata, Argentina, por Tajimara. También dirigió un grupo de música experimental con el que se presentó en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes en 1969 y en el Festival de Jazz del Distrito Federal en 1970.Protagonista de la obra de teatro El martirio de Morelos, en 1983, además interpretó a Diego Rivera en Frida, naturaleza viva, de Paul Leduc. A lo largo de su multifacética trayectoria obtuvo también reconocimientos como pintor.

En síntesis, fue un artista polifacético e irreverente, creador de una compleja obra que abarca expresiones tan diversas como el dibujo, la música, la fotografía, el teatro, el cine y la acción.
Este año, al cumplir medio siglo como creador, el Festival de Teatro Escena 2 le rindió un merecido homenaje, del 11 al 15 de mayo en San Miguel de Allende, Guanajuato, donde se montó "Puestas en escena de Juan José Gurrola (1957-2006)", una muestra fotográfica sobre sus proyectos escénicos desde 1957.

Juan José, maestro, sea la paz.



22.5.07

Revista Replicante



Último número de Replicante. Texto mío sobre la joven promesa de la dramaturgia mexicana: LEGOM.

La mejor página (no pornográfica) de México y quizá del mundo

Cortesía de los ratos de ocio de don Augusto Mendoza, esta joya (no pornográfica) del mundo web mexicano no tiene desperdicio. El tercer mundo tiene estos momentos de alegría involuntaria.

Vean y juzguen. También pueden visitar (primero, quizá), el blog del buen chidoguan, para tener un excelente preliminar.


http://www.sat.gob.mx/sitio_internet/sitio_aplicaciones/civismo_fiscal/infantil.htm


10.5.07

Farándula multidisciplinar

Comenzó la farándula.



No es fácil solventar un proyecto con estas cualidades, de estas dimensiones, para esta clase de espacios. No es fácil poner a tres artistas (y los que se fueron sumando) a pensar en un tema en común. Debord nos ayudó. Sin ser una apología o reinterpretación de su célebre libro, sólo se busca darle una lectura nueva, en nuestro tiempo, desde nuestras limitaciones a esta "sociedad del espectáculo".



No sobra agradecer, a todas las manos que ayudaron a pintar, a los que entraron a una cabina y la llenaron de arte, a los que pensaron soluciones, a las que invitaban gente en la entrada de la muestra, con copa en mano, a los actores y demás creativos. A los que estaban ahí, en suma. Agradecer a la gente que refuerza desinteresadamente, la función de este post.


Entren al laberinto...

4.5.07

Reseña de Cristina Nuñez Pereira


La generosidad de Cristina Núñez Pereira (polígrafa), no tiene límite.
Lean la reseña, el libro, y después juzguen.

24.4.07

Ateo Dios

Lunes 30 de abril, día de san Pío.
Córdoba Omeya, España.
Escuela Superior de Arte Dramático
Miguel Salcedo Hierro
21:00



Ateo Dios
Indagación para prensa y censura
Obra de Enrique Olmos de Ita*


con:
Luis Miguel Molina - Elisabet González Sánchez - Ana Belén Ruiz Lara - Beatriz Sánchez García - Laura Romera Guereca* -
Carlos Alberto Medinilla Castro - Fátima Vivas Rodríguez

Dirección escénica colectiva
Luz y video: Raúl Valero *
Diseño sonoro: David Torrico *

Agradecimientos: Fundación Antonio Gala, Teatro Lope de Vega de Fuente Objeuna, ESSAD Miguel Salcedo Hierro, A Dios.




Imaginemos: un hombre tiene un irremediable deseo sexual. Supongamos que es todavía adolescente; es normal, se piensa, pues las hormonas hacen su trabajo. Conjeturemos que en lugar de buscarse novias ocasionales, o pagar una buena puta irlandesa, decide ir tras la dermis tierna de niños y niñas. Al cabo de una breve reflexión, resuelve casarse, con Dios, y de paso acercarse a su tesoro prohibido, los infantes, que rondan colegios y parroquias.

Imaginemos: otro hombre, un periodista de un país muy sucio con barras y estrellas en la bandera. Deciden sus jefes que debe seguir al sacerdote, hacerle una breve entrevista, poner evidencia algunos datos sustantivos. Hay un problema, el reportero tiene más prejuicios que materia gris.

Al final ellos, indefensos. Prohibidos, húmedos, tristemente sucios.



Enrique Olmos de Ita (Llanos de Apan, Hidalgo, México, 1984). Especie de dramaturgo, insignificante y perezoso. Trabaja de noche y madrugada, le habría gustado ser futbolista o minusválido. Ha publicado una decena de obras de teatro y varios de sus textos han alcanzado la puesta en escena, amén de un par de premios nacionales y traducciones. Su libro más reciente es La voz oval (México, Tierra Adentro, 2006). Ejerce la crítica, principalmente en Milenio diario. Club de Futbol Pachuca es la principal motivación en su vida. www.dramaturgiamexicana.com

* Becarios Fundación Antonio Gala 2006-2007

“Mis procesos de escritura surgen de la incertidumbre”


Entrevista al autor y director argentino Rafael Spregelburd


Después de dos años sin estrenar en Buenos Aires, está trabajando con cinco piezas en forma simultánea, dos de ellas actualmente en cartel: Lúcido y Acasusso. Spregelburd ofrece una explicación sobre la diversidad de matices que aborda: “Nunca escribo obras de escritorio”.Hace dos años que Rafael Spregelburd no estrena en Buenos Aires. Tal vez ésa sea la razón para tanto despliegue: en estos momentos se ofrecen dos puestas bajo su propia dirección en el teatro Margarita Xirgu (Lúcido y Acasusso) y, en breve, estrenará Bloqueo, en el Teatro del Pueblo, y La paranoia (Premio Casa de las Américas 2007), también en el Xirgu, obra que presenta a treinta personajes interpretados por sólo cinco actores. El proyecto número cinco se llama Buenos Aires, pieza ya estrenada en Cardiff, como parte de un ciclo de obras breves coproducidas entre Gales y Australia. Esta obra tendrá, además, una versión para Canal 7, producida por el propio autor, junto al realizador Javier Olivera. Allí, Spregelburd interpretará el personaje de un galés que, incluso, habla en su lengua de origen. Con cinco obras entre manos en forma simultánea se comprende que el autor se haya preocupado, según él mismo expresa en una entrevista con Página/12, en procurar que los textos sean muy diferentes unos de otros. Algo que es posible dado su método de creación: “Escribo entre un ensayo y otro, pruebo escenas y voy cambiando el texto sobre la marcha. Nunca escribo obras de escritorio”, define.“Casi todos mis procesos de escritura surgen de la incertidumbre”, afirma el autor, dado a desplegar minuciosos relatos escénicos pautados sobre claves compositivas que, muy probablemente, escapen a la comprensión del espectador. En Lúcido, el primero de la tanda de estrenos, cuenta una historia que entrevera espacios y tiempos; dos hermanos y una madre reavivan antiguos rencores a partir de un trasplante de riñón. Como es usual en otras obras del mismo autor, allí también hay una variedad de juegos lingüísticos ligados a las situaciones melodramáticas que se plantean, las cuales conducen a un desenlace trágico. Esta obra fue, en principio, escrita para actores catalanes, con el objeto de ser montada en sólo dos meses, en la ciudad de Girona. La óptima recepción que la pieza obtuvo augura la posibilidad de concretar un proyecto comercial en Madrid, con Charo López y Javier Cámara, como dos de sus intérpretes.–¿Lúcido habla de lo irreemplazable, de lo que no puede reponerse?–El objeto de conflicto es, realmente, un imposible. Pero más allá del hecho de que alguien pida la devolución del órgano que cedió para un trasplante, lo que más me atrae de la obra es la idea de un niño que a los 10 años considera que ha vivido lo suficiente y que ya está listo para morir. A partir de un reclamo familiar imposible quise trabajar un mundo melodramático, bajo un tratamiento cinematográfico. La obra es un cubo mágico que gira de una escena a la otra. La obra juega con la diversidad del punto de vista y ofrece giros sobre un eje y nuevas miradas acerca de lo que es real y lo que no lo es. Vienen a verla muchos psicoanalistas.–Usted afirma estar interesado por la esquizofrenia como tema...–Sí, me atrae esa suposición de que se viva angustiado entre dos polos problemáticos, cuando la solución, seguramente esté más allá del tironeo que supone esta polaridad, es decir, en el abandono de estas dos categorías. Me parece que este país es muy esquizofrénico: vivimos pensando la realidad en pares polares, votando al menos malo para que no gane el otro.–Acasusso se desarrolla en una escuela primaria del conurbano, fuertemente carenciada. Tanto las maestras como el personal directivo dan muestras de un mundo desquiciado. Además, se suman repetidas menciones a un sonado caso de robo a un banco de la zona. ¿Cuál fue el motivador de su escritura?–Cuando comencé Acasusso quise montar una obra con los paradigmas de selección que utiliza la danza, un arte liberado de la acumulación histórica, porque no plantea argumento, sino que selecciona momentos por el sólo peso de su propia belleza. Mis obras son fuertemente argumentales, me gusta mucho la peripecia, pero en este caso me interesó dotar de identidad a ese mundo, más allá de pensar en un argumento. Me surgió la idea de un mundo criminal entre maestras cuando, volviendo de Alemania, había sucedido el robo de Acasusso y estaba instalado el folletín desde todas las primeras planas. Este robo pegó muy fuerte en el imaginario popular; era una historia como la de Robin Hood. Porque después de 2001, unos ladrones que roban un banco sin disparar un solo tiro se convierten en héroes y pasan a representar un mundo utópico. De ahí que estas maestras de una escuela marginal construyen una utopía criminal asociada al mundo de los hombres.–¿Le gusta escribir personajes femeninos?–Todos los personajes masculinos son, en la neurosis de un autor, personajes posibles de ser interpretados por él mismo. En cambio, a los roles femeninos nunca los pienso para mí y son una fuente inagotable de sorpresas. Lo que yo no pensaría nunca, el mundo poético de lo femenino es, para mí, el mundo de lo otro y carece de límites.–Todas sus obras pasan con creces la hora y media de duración. ¿Por qué es tan pródigo en el desarrollo de sus piezas?–Tengo la sensación de que las expectativas del teatro se han ido achicando tanto que los grupos creen que hay que escribir obras de una hora de duración para que el público pueda soportarlas. Y me parece que en este envase hay experiencias que entran y otras que son impensables. Esto tiene que ver con características de producción local, porque en otros países mis obras hasta parecen breves. En Acasusso, el mundo no para de desplegarse, la intensidad de los acontecimientos es agotadora. La idea es que el espectador se pierda y se entregue hasta cuestionar sus propias categorías de pensamiento. ¿Qué cantidad de material se puede depositar en una obra? Yo creo que uno debe respetar el proceso de cada una y, con mis actores, no queremos renunciar a un territorio de complejidad porque sentiríamos que estamos retrocediendo estéticamente. Al menos yo, cuando voy al teatro quiero algo sabroso y, en caso de obtenerlo, siempre quiero más.–Su preocupación por el lenguaje sigue siendo una de las cualidades distintivas de su teatro...–Estoy muy obsesionado con esa cuestión. Cuando los actores improvisan a partir de su propio lenguaje, enseguida quiero corregir como hablan. Soy mal director de improvisación, por eso los actores dicen exactamente lo que escribo para cada uno de ellos.–¿De dónde le viene el conocimiento por lo que sucede en una escuela pública?–Acasusso es una obra muy ligada a cuestiones biográficas: en mi familia todos son docentes y recuerdo que desde siempre las palabras relacionadas con el mundo de la educación eran un sinónimo de trabajo.–¿Acasusso fue escrita previendo una crítica al estado general de la educación?–Todos conocemos el estado lamentable de la educación y no creo que el teatro sea el lugar para hacer alguna crítica seria. Esta tarea no puede ser asumida por el teatro. Pero sé que, aunque no fue mi objetivo, la obra es una enorme patada al estado de las cosas. Aunque no está diseñada para un target específico, vienen a verla grupos de maestras. Se sienten identificadas y se ríen, aunque en realidad podrían llorar a mares.–¿Cambió su sentido del humor en su escritura?–El teatro es un rito que no existe en otras áreas de lo social. Y encontrarse con una obra que, como ésta, está sostenida como un acto de alegría es, para mí, un acto de resistencia al status quo. Yo quiero seguir proponiendo un teatro liberador de algo que el sentido común ha apresado. Pero no defiendo un teatro frívolo. Esta es una obra de gusto popular, porque aparece el disparate y no tiene prejuicios acerca de lo que puede ser efectista. En esta obra acepté momentos de comicidad sin cuestionarlos.–¿Y cómo será Bloqueo?–Bloqueo también es efectista. Con los actores descubrimos un procedimiento teatral muy divertido para hablar de la dialéctica y de Cuba, concretamente. En la obra va a haber un grupo de músicos cubanos que han venido al país a grabar un disco y se quedan encerrados en el estudio de grabación. Aparecen entonces dos mundos que no pueden comunicarse –uno detrás y otro adelante del vidrio–, de modo que lo que se dice adentro y afuera empieza a desfasarse en el tiempo y en el espacio. Por efecto de este procedimiento, incluso, el texto llega antes de que el actor lo produzca.–¿Cómo incluye en ese contexto el método dialéctico?–La obra nos permite hablar de la dialéctica y de por qué las formas de ficción a veces son superadoras de ese método diseñado para entender la historia. La dialéctica supone dos polos antagónicos que, en el proceso de diálogo entre sí, producen una síntesis. Yo desconfío de la síntesis (y esto lo manifiesto en toda mi obra), porque creo que ciertos procesos históricos son producto de la tensión de polos opuestos que no logran establecer ninguna síntesis. Porque estos polos, al ser tan antitéticos, no pueden coexistir al mismo tiempo, por lo cual se suceden uno al otro. En ambos está la nostalgia del otro, pero nunca encontramos una instancia superadora. Bloqueo presenta dos mundos que no pueden hablar entre sí, pero que, al mismo tiempo, en un eterno diálogo sostienen el imaginario de “lo otro”. Creo que éste es el tema de todas mis obras, en realidad. Pero no creo que nadie vaya a darse cuenta de que se habla de la dialéctica.–¿Y esto no le importa?–Los detonantes por los cuales yo escribo están más allá de las cosas que pueda disfrutar o entender el espectador. En Bloqueo, mi preocupación acerca del principio utópico de la dialéctica marxista queda sumergida, como toda buena estructura. Lo que uno termina viendo es una forma determinada. Yo también voy al teatro esperando confusión y un tipo de pensamiento no histórico. El error es pensar que después hay que ver el mundo a través de las formas que uno descubre en el arte.

Cecilia Hopkins. Página 12. 17 de abril de 2007
Boletín del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (Argentina)N° 369. 21 de abril de 2007

11.4.07

Reseña del libro "La voz oval" de autor infausto, por Gabriel Brito


La voz oval, del novísimo autor hidalguense Enrique Olmos, nos brinda la posibilidad de reencontrar los recuerdos de infancia y adolescencia a través de seis obras teatrales donde se aventura a jugar con los límites entre la narración y la dramaturgia. Los títulos que comprenden esta edición son Un curso de milagros, La voz oval, ¡Sacrifíquenlo!, Los gat´s, Gonzalo y los objetos perdidos y No tocar.


De ágil lectura y lenguaje cotidiano, Un curso de milagros nos plantea el conflicto de una mujer frente a su hijo, a su expareja y a su madre. Todos ellos, estropeados por la apatía afectiva y el confort gratuito con los que esta mujer acciona en la vida a la espera de un milagro. Muy cercano al estilo del sólido dramaturgo Luis Enrique Gutiérrez Monasterio (sobre todo en su De bestias, criaturas y perras), Un curso de milagros nos representa la atrayente posibilidad de afrontar el teatro con libertad imaginativa, sin la indicación prefabricada sobre el espacio o el tiempo.


La voz oval, texto propositivo, de alcances narrativos y dramáticos insospechados al iniciar su lectura; nos conduce a través de goles y palindromos a la adolescencia de Gabriel Rossi, personaje que nos viaja de la inseguridad (...soy un grano, un grano repugnante... acné que camina y a veces habla) al erotismo primario (...ella voltea a verte, estás indefenso ante sus formidables senos). La voz oval es el texto más completo para descubrir el talento y el oficio de este joven autor que, sin concesiones, irrumpe en la estructura dramática tradicional y nos ofrece una narración para la escena.


¡Sacrifíquenlo!, es una obra corta basada en un cuento de Karel Capek que nos ofrece una dialogación fluida y exquisita, brindándonos acceso a un contexto histórico-religioso-cristiano poco difundido y conocido. Su mayor virtud, la expectación.


Los gat´s y Gonzalo y los objetos perdidos son dos obras cortas para infantes que deambulan de forma cercana al mundo de la fantasía. La primera, una narración dramática redonda en donde la imaginación de un niño nos crea una sencilla aventura al convivir con los gatos Bonifaz y Maya. La segunda, único texto presentado en la estructura dramática tradicional, es basada en el cuento de Juan José Arreola El mapa de los objetos perdidos.


Mención a parte merece No tocar (última obra de esta publicación) ya que el autor desarrolla una lúdica forma en la intervención de voces, que permiten una oralidad efectiva y multi-escenificable. Coloca además, a la vista, un tema cuasi extraviado entre las plumas de aquellos autores dedicados a la literatura para niños: el abuso infantil. Da con esto varias razones para introducirnos en el mundo de las protagonistas de su obra, Liz y María; de quienes resuena el silencio y nada.La voz oval, texto del Fondo Editorial Tierra Adentro, es una magnífica oportunidad para entrar en contacto con la nueva ola dramatúrgica de México.

Por Gabriel BritoTeatrista y editor de la revista El arte vivo.
http://artenomas.blogspot.com/

20.3.07

Jorge Kuri (1975-2005)



Si no mal recuerdo fue en la madrugada de un 21 de marzo. Época vacacional, con la Semana Santa encima. En un departamento del centro de la Ciudad de México. Lejos de (su) “embajada de la luna”.


Esta fecha ha cambiado de sentido para un puñado de autores jóvenes mexicanos, pues no sólo se celebra el natalicio de don Benito Juárez y la entrada de la primavera con miles de personas empantanando de basura las zonas arqueológicas, también se recuerda al autor de “De monstruos y prodigios, la historia de los Castrati” y “La amargura del merengue”, entre otras obras.
Casi al medio día, la llamada telefónica de un amigo (Noé Morales) que se encontraba en Chiapas me alertó sobre un rumor que consistía en la posible muerte del dramaturgo Jorge Kuri de la Mora. Amigo nuestro, compañero en algunas aventuras (especialmente las del FONCA), y gran conocedor de lo bizarro y lo pesadillezco, con sus esperpentos y alegorías. Alguien que exhibía al máximo las contradicciones de nuestra generación, de la amabilidad a la violencia (un dramaturgo español lo padeció) y de la alegría al enfado, pasando por la paranoia y la neurosis. Amaba a todos, odiaba a todos.
No voy a negar que desde aquella vez en que perdí su sombrero -en un viaje a Querétaro- nuestra relación cambió. Jorge estaba en un periodo de hostilidad. Y fue igual casi con todos los que fuimos sus amigos. Los últimos días con él fueron más bien duros.
Sin embargo, yo disfruté al joven burlón que tocaba la armónica, al niño que se sentaba al piano en plena madrugada en un hotel de cinco estrellas, al que bebía y fumaba como si el mundo estuviera por reventarse. Y quizá sí.
Esta viñeta que sirva de recuerdo a Jorge Kuri, con toda la pesadilla que arrastraba y que finalmente acabó en un suicidio, esperado, triste, lamentable.
Además ofrezco una imagen, perdida en carpetas informáticas, cortesía de Noé Morales, en un juego de futbol con la gente de la Fundación para las Letras Mexicanas. El que me está poniendo "cuernos" es el susodicho.
Sea la paz, Jorge.


Nota de prensa del diario Reforma.

Fallece el dramaturgo Jorge Kuri
Por
Edgar Alejandro Hernández

El dramaturgo Jorge Kuri se quitó la vida el pasado sábado en su casa de la Ciudad de México, a la edad de 29 años.
Autor de obras que se montaron a nivel internacional como De monstruos y prodigios, la historia de los castrati, Jorge Francisco Mora Kuri nació en Tlalnepantla, Estado de México, en 1974.
Estudió la licenciatura en filosofía en la UNAM y el diplomado en literatura en la escuela de la Sociedad General de Escritores de México.
A decir del crítico teatral Fernando de Ita, Kuri murió como vivió, colgado de una cuerda.
"Desde muy joven se subió al trapecio de los estimulantes para escribir desde ahí sobre una sociedad que margina a los trapecistas. Sus obras son visiones románticas de los antihéroes del siglo 21 y sólo en ellas triunfa el delirio de los poetas".
Enrique Olmos, dramaturgo y amigo de Kuri, recuerda también que su teatro era como su vida.
"Estaba siempre en una condición tragicómica, ya que era un verdadero comediante en la tragedia de sí mismo. Siempre preocupado por mostrar el ambiente festivo, los esperpentos, las pesadillas y alegorías de un mundo bizarro que rescató y reflejó".
Autonombrado "embajador de la Luna en México" y "ombudsman de los chiflados", inició su carrera colaborando con críticas y reportajes teatrales en Sábado, suplemento cultural del periódico Unomásuno, fue analista del Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli (CITRU) y escribió para la revista mexicana de teatro Paso de gato.
Su pieza De monstruos y prodigios, en la que aborda el tema de los legendarios castrati, varones sopranos, supuestamente castrados, que escandalizaron al mundo barroco con sus voces angelicales y sus extravagantes estilos de vida, es una de las obras de teatro mexicanas que mayor número de presentaciones ha tenido en el extranjero.
La obra se presentó en diversos festivales internacionales bajo la producción de la Compañía Nacional de Teatro y la dirección de Claudio Valdés Kuri.
Su primer obra fue El escritor tiene la culpa (1998), montada en el Foro del Museo del Carmen. Kuri ideó escribir una trilogía dedicada al universo de los esperpentos que inició con De monstruos y prodigios y continúo con la inédita Bizarrías de la feria lejana.
Fue dos veces finalista del Concurso Nacional de Teatro Nuevo, convocado por la SOGEM. Su obra La amargura del merengue participó en la primera Muestra Nacional de Joven Dramaturgia en Querétaro en el 2003. Fue becario del FONCA. Algunas de sus obras inéditas son La noche de Calibán, El agente chupafaros, Nocturno de Bucareli y Don Latoso vs. la coalición de los koalas.

5.3.07

Reseña del libro La voz ovaL publicada en el suplemento Catedral de Síntesis, sábado 3 de marzo


La voz ovaL de Enrique Olmos de Ita


A nadie debe extrañarle que este muy joven escritor nacido en Llanos de Apan (1984) publique un libro con seis obras teatrales de formatos variados, especialmente dirigidas a niños y jóvenes, dado que de algún modo el auge del teatro mexicano moderno ha cobrado un apogeo inusitado y la suya se ha convertido en la nueva generación de autores de teatro sobresalientes. Me complace también que la editorial (Tierra Adentro) promueva como parte de su fondo literario libros de y para teatro, que por lo general se miran con cierta desconfianza cuando no con franco desprecio dada su poca demanda comercial a pesar de la complejidad que exigen las nuevas obras literarias de géneros como el que el autor maneja, que él llama “relato escénico” o “narraturgia”.
Sin embargo, este compendio me deja un tanto desconcertado, pues a pesar del innegable oficio de su autor lo hallé disparejo, para decir lo menos. Si bien es cierto que La voz oval, la obra que le da título al libro es una de las piezas dramáticas más experimentales pero no por eso incompletas del teatro en México y que su procesión es aguda, entretenida y conmovedora hasta la médula, las obras que la acompañan no alcanzan el excelente nivel literario de esta historia generacional, sobre futbol y palíndromos que puede leerse como novela (linealmente) o como teatro según los tres personajes que la habitan (primera, segunda y tercera persona del singular).
En parte por estar fragmentado en seis obras (cinco cortas) que le proporcionan variedad al volumen pero, por lo mismo, le restan unidad, conexión y sobre todo “estilo”, convirtiéndolo casi en una muestra de los talentos dramáticos del joven con tres obras para niños y tres para jóvenes. La primera obra y la más ambiciosa del volumen, titulada Un curso de milagros: en varias escenas una pareja moderna se debate entre las drogas y el delirio religioso, al final resultará que la mujer obtiene un milagro y tendrá de vuelta a su hijo, aunque no lo merezca, sin conseguir verdaderamente emociones teatrales suficientes. La obra más interesante resulta, sin duda, la que le da título al libro, La voz oval, que posee buen ritmo, emplea un tono integral y constituye el orden de varias historias cruzadas (la del padre, la del equipo de futbol, la del joven, la de la novia del padre) en donde resalta la posibilidad de una puesta en escena que lo mismo pueda suceder en un estadio.
La voz oval es magnífica por su cercanía con los adolescentes, con los jóvenes de la actualidad y porque no emplea mayores recursos que la relación enternecedora entre un padre y su hijo, y la sexualidad de una joven, que es novia o amante del propio padre, entrenador de un equipo de futbol profesional al que abruma el éxito.
Debo confesar que en las obras para niños Los gats, Gonzalo y los objetos perdidos y No tocar no encontré ninguna que realmente me sorprendiera, emocionara o conmoviera. No así en Sacrifíquenlo, donde el autor –que abiertamente se confiesa católico– apuesta por volver los ojos a la figura de Jesús desde un punto de vista totalmente histórico. Se antoja que la obra pudiera ser más larga en extensión y personajes.
Sin embargo, después de leer el texto La voz oval lo demás se vuelve menos interesante, esto se debe, no tanto al talento de Olmos, que ya está probado, sino a la dificultad de leer obras que van dirigidas a espíritus tan diversos al adulto, y que claramente requieren de otra mentalidad, de otros lectores, es decir, de los niños. Lo plausible es que sea un autor tan joven el preocupado por darle al teatro para niños obras nuevas y mejores donde no haya nada que no se pueda contar como en No tocar donde se presenta la historia de un abuso sexual a una menor.
Fondo Editorial Tierra Adentro. Número 326. México, 2005.


Ismael Bárcenas.
barcenasteatro@lantinmail.com

Beethoven y Kant en un karaoke

Viaje al centro de la estética

Lo bello es el objeto de un placer desinteresado. Kant.

Un hombre de más de cincuenta años, desenfadado al ritmo de ron o vodka, a mitad de un escenario semicircular, con el enorme vientre apunto de reventar la camiseta deportiva, roja y de manga corta, el cabello relamido con adhesivo-cabello-cráneo y la mirada puesta en la letra de una canción que José José hiciera un éxito antes de yo naciera, Amiga, hay que ver como es el amor que vuelve a quien lo toma, gavilán o paloma…Te baje la cremallera del vestido y tú no me dejaste casi hablar. Con micrófono en mano, el hombre –sin dejar por completo de mirar la pantalla por la que circulan las palabras mal escritas de la canción– trata de encaminar su melodía a una joven obesa, uniformada en púrpura que canta al unísono, sentada a unos metros del figurante. La imagen bulle belleza.
Según Gabriel Marcel, en un testamento que Beethoven redactó prematuramente, hizo la siguiente advertencia: "Recomendad a vuestros hijos la virtud; sólo ella puede hacer feliz, no el dinero. Yo hablo por experiencia; ella fue la que a mí me levantó de la miseria; a ella, además de a mi arte, tengo que agradecerle no haber acabado con mi vida a través del suicidio." ¿De qué extraño mecanismo vital dispone el arte para que el genio no acabara con su vida antes de tiempo? ¿Dónde encontrar esa experiencia que nos hace pensar la vida como algo menos estúpido de lo que en realidad es?
Lo que hoy, tantos siglos después de Platón llamamos arte –en concreto, el arte musical, por ejemplo– era para L. Beethoven un modo extraordinario que le permitía situarse en el mundo a partir de un crisol en el que ciertas formas exhibían una belleza (perfección de sentidos, diría yo) sorprendente y además comunicaban de alguna manera a cierto grupo de seres humanos un mensaje más o menos común.
En tiempos en que todo cabe en el cajón de sastre del posmodernismo, donde las definiciones abundan sólo la multiplicidad, la única certeza que tengo (a partir de esas lecturas kantianas) es que el arte no es propiedad de los artistas. Acaso es una habilidad más, que ha de ser acogida con gratitud y en forma de diálogo entre el creador, el objeto artístico, la sociedad y con ella el contexto en que se producen. Las obras de arte no se "hacen" o "producen" –contra lo que a menudo se afirma– se rescatan del mundo, se eligen, se aíslan, se ajustan (el orden y genio del artista interviene entonces) y surgen nuevamente, se regresan al mundo, re-vueltas, reflexionadas.
Es decir, el arte, o mejor dicho la condición artística de la que están hechas las cosas, está en el mundo, habita en él desde siempre y para siempre, es eterno –como Dios, en campos de la mística– y el artista lo encuentra –en una búsqueda compleja, más de las veces prorrogada por circunstancias varias, que potencializan el hallazgo– y las pone al servicio de una habilidad, de una técnica para que renazcan, emerjan nuevamente, en formas susceptibles de experiencia y goce humanos. Si puede, el artista crea lo conocido, lo representado, el objeto, el horizonte de toda experiencia posible, la arquitectura universal y objetiva de la naturaleza. Desde Kant, y con él Berkley, Fichte, Schelling y Hegel entre otros, edifican el salto idealista de la modernidad: como en la teoría artística romántica, el sujeto ya no es espejo, sino candil o lámpara que, detrás de su desbordamiento, desde la interioridad del sujeto, abre el afuera, proyecta el espacio y el tiempo, el tejido de los objetos de nuestra experiencia.
Beethoven solía deambular por el campo antes de componer. El contacto con la naturaleza encendía su “inspiración”, quizá porque veía al mundo, y los seres que lo habitan, como huellas de Dios –en el amplio sentido, el que no se reduce a una terminología religiosa– y podía entender su mensaje y dialogar con ellos.
Esta idea del arte como una actividad dialogada explica que Beethoven fuera muy consciente de que era un genio y reclamara para sí el trato que merecía y, al mismo tiempo, se mantuviera humilde y arraigado a cierta espiritualidad. A la par, en la dimensión estética kantiana, el sujeto se emancipa de una acción orientada hacia un logro particular. Por otro lado, el conocimiento estético se mueve sin conceptos, sin el imperativo de una demostración conceptual o justificación lógica del singular contenido de belleza del objeto “bello”.
Entonces la belleza no expresa al objeto en sí mismo, no revela así un concepto universal y necesario que determine lo bello de una cosa, o de una situación –hablando de teatralidades, o de sentido escénico– sea ésta un lago, una rosa, un paraje nevado o un señor con micrófono en mano, rechoncho y probablemente divorciado, cantando en las comisuras de la Córdoba nocturna, desafiando todos los sonidos posibles en un karaoke casi inverosímil. Por tanto, el objeto bello no posee explicación, es indefinible, inútil y gratuito. No es efecto de un concepto ni, de una finalidad, simplemente está en el mundo, a veces suena a canción de los ochenta y tiene un hálito alcohólico.
Regreso a la imagen bizarra que me dio pie a Kant y Beethoven, porque de vuelta a casa, después de la “experiencia estética” en el karaoke, mi cabeza no paró de sumergirse –malamente, estaba (muy) borracho– en esta clase de especulaciones sobre la condición estética del hombre. Me sentía feliz y agradecido con la vida por haber profanado ese piso pegajoso y sucio. Aprovecho y hago un recuento del viaje que nos llevó, a un grupo de actores cordobeses, y el pintor peruano Erick Miraval, acompañados del imprescindible compositor Oliver Rappoport (infaltable en esta clase de casos), a una marcha colmada de peripecias, con motivo del cumpleaños de Beatriz, una actriz de Montilla que prepara una obra sobre un sacerdote pederasta.
Baste decir que la primera escala fue el “botellón” de un parque cordobés, cerca de Ciudad Jardín, donde los jóvenes se reúnen civilizadamente, por decenas, a beber vino tinto con limón, embasado en plástico. Todos, hasta los policías, conviven sin mayores sobresaltos.
El camino al karaoke fue casi interminable: al final de una avenida silenciosa y gris, de edificios idénticos, mucho después de la plaza de toros, a un costado de la autopista hacia Granada, en un local pequeño, cuyo nombre creo recordar como Chandas, un viejo antipático, moreno y regordete, con una cicatriz grotesca entre la mejilla y el cuello, ataviado con una camisa multicolor y el cabello largo atado por detrás, se identificó como el portero –también era camarero, dj suplente y animador ocasional– para negarnos el acceso al sitio, “porque no me gustan sus caras”, argumentó. Mi estado no permite precisar si se trataba de una broma o de un insulto. Tardamos en entrar después de una negociación que incluyó la cólera del joven Miraval. El sitio oscuro y realmente pequeño, donde una docena de hombres mayores, según nuestra percepción divorciados y alcohólicos, ocupaban la mayor parte de las mesas, mirando sin más la escena musical, que, dicho sea de paso, constaba de una escenografía peculiar: una cesta de nimbre guardaba polvosos y largos troncos artificiales.
La iluminación amarillenta centelleaba. Al fondo, a un costado de la barra y del escenario, una pantalla gigante exhibía las canciones y su respectivo video-clip, en caso de que la canción no lo tuviera, una coreografía de personas en traje de baño, que parecían estar en una sesión de aerobics, solazaba la imagen. Dos altavoces gigantes colgaban por encima de la concurrencia. Nuestra mesa –con una sola silla– a unos pasos del servicio. Un hombre –suerte de animador involuntario– nos instigaba a cantar –a los tres latinoamericanos– “una canción de los panchos”. Una mujer afromericana, varios centímetros mayor que yo –en todas las extensiones posibles del cuerpo humano– me detuvo antes de entrar al baño para darme un papel insignificante que se me había caído del bolsillo; su torpe castellano, en monosílabos, mi lerda embriaguez y una canción en altos tonos flamencos iniciaron mi paranoia. No entendía nada, no me esforzaba por advertir, ni pensar demasiado. Estaba solo. Supuse que me asaltaría; en el mejor de los casos, sólo me violaría. Un miedo atroz me recorrió el cuerpo. Al final, sólo quería hacerme un favor, miré lo que agitaba su mano, volvió la paz. Todo era absurdo, todo era estridente por real y estúpido, es decir, bello.
Algunas canciones eran realmente memorables por triviales, de las que puedo recordar y conozco, destacaron No controles mis vestidos, no controles mis sentidos, pasando por Lo-co-mía y corazón espinado de Maná. Desde luego, los intérpretes estaban a tono con el lugar. Un joven muy orondo, de extensas carnes, nos deleitaba notas de amor, abriendo lo más que podía la boca, imposible no pensar que se tragaría el micrófono de hule espuma en un acorde. Un coro de adolescentes ebrias leían con retraso las letras de una canción desconocida. Los viejos nos veían cantar con lascivia (sobre todo a mis acompañantes). Al fondo del lugar una pareja de tres –desde luego, dos borrachos por una mujer– se peleaban a gritos. La camarera, algo enfadada y distraida, estaba muy ocupada acomodándose las tetas en el estrecho uniforme rojinegro y no me cobró la cerveza.

Festival de México en el Centro Histórico


Con la música como columna vertebral de una programación versátil y multicultural que tan sólo en números impresiona a primera vista por los más de mil 500 artistas participantes, se anunció la edición del XXIII Festival de México en el Centro Histórico (FMCH), fiesta cultural que año con año ha venido a dar una probadita de la diversidad del quehacer artístico que se genera en el mundo y, por supuesto, en nuestro país.
Y es que a más de dos décadas de su creación, el Festival además de consolidarse como una atracción turístico-cultural no sólo para los capitalinos -tomando en cuenta la enorme cantidad de visitantes continuos que llegan del Estado de México y otros estados cercanos-, representa para un gran número de espectadores una verdadera “puerta para el arte del mundo”, así lo refleja el más de medio millón de asistentes que, se calcula, tuvo el año pasado el Festival.
Este año, la inauguración estará a cargo de Chano Domínguez, pianista que con la fusión de jazz y flamenco ha revolucionado la música en España. En el ámbito musical, la lista es grande y nutrida y en está ocasión llega desde Brasil Hermeto Pascoal, leyenda viva de la música contemporánea que con su creatividad deja atrás las divisiones entre géneros musicales jugando con el bossa nova, la música indígena y objeto cotidianos como juguetes, silbatos y vasos de agua para mostrarnos que la música está en todas partes.
No podemos dejar de mencionar otras propuestas que prometen ensalzar cada uno de los géneros que se darán cita en la fiesta cultural del Centro Histórico: Martin Haselböck, especialista en música antigua, que presenta una versión de época de La Pasión según San Mateo, de Bach; Yann Tiersen, compositor francés autor de los soundtracks de Amélie y Adiós a Lenin; y el Harmonia Ensemble, cuarteto italiano de música acústica que ofrecerá un concierto en homenaje a Frank Zappa; The Tiger Lillies, excéntrico trío londinense de música de cabaret con influencias góticas.
En el teatro y la danza, este año no quedan atrás. De Peter Brook llega a México Sizwe Banzi está muerto, estremecedora reflexión sobre el racismo y la pérdida de identidad que cambió la vida del autor en su juventud londinense. La puesta en escena de Brook recupera las técnicas del teatro clandestino sudafricano y actualiza el mensaje de la obra que, en el nuevo contexto de las migraciones mundiales, aún tiene mucho que decir al mundo. De Suiza, se presenta Tante Hänsi, obra de Mela Meierhans que funde el teatro, la música moderna, la gráfica y cantos tradicionales suizos. En contraste cultural, nuestro país presenta Un mambo con la Catrina, 13 calaveras escénicas en homenaje a José Guadalupe Posada, adaptación y dirección de Cordelia Dvorák, una gozosa exploración de las tradiciones mortuorias en México.
Dentro del mismo ámbito teatral, prosigue el proyecto Pago por ver, en colaboración con la Dirección de Teatro de la UNAM, que este año presenta: Otra vuelta de tuerca, adaptación de la novela de Henry James que dirigirá Mauricio Jiménez; de Larry Tremblay, Telenovela con la dirección de Boris Shoemann; Dios mineral escrita por Enrique Olmos de Ita y dirigida por Maria Morett; Hugo Hiriart escribe y dirige Eligio Galindo en la Torre del Caimán; y, por último, Ernesto Anaya presenta y dirige Las meninas, cinco textos que se presentarán en el Anfiteatro Simón Bolívar del Antiguo Colegio de San Ildefonso.
Por si fuera poco, las actividades para niños cuentan con una gran variedad de talleres, visitas guiadas y espectáculos al aire libre que serán igualmente atractivos para peques y no tanto. Están también las actividades de RADAR y Xcéntrico, donde se darán cita más de 500 artistas de nueve estados del país, además de España, Estados Unidos y Reino Unido.
Por supuesto a este convite cultural y artístico, no podían faltar la plástica y la vida académica, que este año, en colaboración con la fundación Gonzalo Rojas, organiza el ciclo de conferencias donde científicos, escritores, artistas, filósofos y psicoanalistas disertarán sobre el tema de la imaginación. Para mayores informes sobre horarios, fechas y costos, puede consultar la página www.fchmexico.com
En fin, que del 15 al 31 de marzo, el Festival de México del Centro Histórico conjuga diferentes maneras de hacer arte: tradiciones populares sobre la vida y la muerte, proyectos de la escena independiente, tradiciones de Oriente y Occidente, la experimentación atrevida del arte contemporáneo.

2.3.07

La creatividad como un problema

Creatividad
según Néstor García Canclini


Hace unos días, un lector me recriminaba, en un divertido e-mail, la aparente parálisis de nuestro gremio respecto a la reflexión y en su caso puesta en marcha de una "creatividad" propia (se refería particularmente a los jóvenes teatreros, específicamente a lo que un crítico denominó "la sexta generación"), y no en aras de originalidad, o extravagancia, sino en el propósito (perenne) de atraer y renovar públicos a las salas de teatro, la búsqueda de nuevos dispositivos para conseguir que la gente deje el control remoto de la televisión y entre a un edificio cuya historia se remonta a varios siglos antes de Cristo. Su lista de intenciones incluía mejorar el diseño de la publicidad de las obras de teatro, además de los programas de mano, cambiar el horario de las funciones, hacer propuestas en espacios públicos no convencionales y sobre todo crear un “discurso” propio respecto a la creatividad (lo posible, lo susceptible de llevarse a escena con los nuevos dispositivos tecnológicos, por ejemplo). Él me hablaba de la "creatividad" como elemento fundamental y yo noté que para mí significaba una de esas palabras sobre las cuales tengo una multitud de conceptos.
Así que busqué a un experto y encontré en Néstor García Canclini –seguramente uno de los más importantes estudiosos sobre “la cultura” en lengua castellana– una razón por lo menos sopesada para acelerar el debate al respecto. Lo siguiente está incluido su
Diccionario sobre la cultura.

Creatividad. Desde la mitad del siglo XX esta palabra fue objeto de suspicacias o desinterés. En parte se debe a que la sociología y la historia social del arte mostraron la dependencia de los artistas de los contextos de producción y circulación en que realizan sus innovaciones. Los actos "creadores" fueron analizados más bien como trabajo, como culminación de experiencias colectivas y de la historia de las prácticas sociales. Aun cuando actúen en ruptura con las convenciones establecidas, los artistas que desean comunicar sus búsquedas deben tomar en cuenta los hábitos perceptivos y la disposición imaginativa de los receptores, que se hallan socialmente estructurados (Bourdieu). En segundo lugar, después de la efervescencia innovadora de los años sesenta (happenings, arte en la calle, valoración del gesto en la plástica, de la improvisación en la música y en las artes escénicas), que extremó la capacidad inventiva y la originalidad como valor supremo, el impulso vanguardista se agotó.
De los años setenta a los noventa, las artes visuales mostraron cierta monotonía, como si hubieran llegado a un techo creativo. El pensamiento posmoderno abandonó la estética de la ruptura y propuso revalorar distintas tradiciones, auspició la cita y la parodia del pasado más que la invención de formas enteramente inéditas. Pero fue sobre todo con la expansión de los mercados artísticos, cuando se pasó de las minorías de amateurs y élites cultivadas a los públicos masivos, que disminuyó la autonomía creativa de los artistas. Sus búsquedas fueron situadas bajo las reglas del marketing, la distribución internacional y la difusión por medios electrónicos de comunicación. (Hughes, 1993; Moulin, 1992). Un tercer factor que quitó apoyo a la creatividad fue la reducción del mecenazgo estatal y de los movimientos artísticos independientes en la cultura. Las políticas privadas y públicas se reconfiguraron bajo criterios empresariales. En vez de la originalidad de lo creado y exhibido, se destacó la capacidad de recuperación de las inversiones en exposiciones y espectáculos. Cada vez se pregunta menos qué aporta de nuevo esta obra o este movimiento artístico. Lo que interesa saber es si esa actividad se autofinancia, genera ganancias y prestigio para la empresa que la auspicia. Es difícil que los artistas logren interesar a un sponsor sin ofrecerle impacto en los medios y beneficios materiales o simbólicos. Si bien estas tendencias persisten, en los últimos años la creatividad vuelve a ser valorada en varios campos culturales. Por ejemplo, en el diseño gráfico e industrial, la publicidad, la fotografía, la televisión, los espectáculos multitudinarios y la moda.
Quienes diseñan una revista semanal, filman videoclips y renuevan los estilos de vestir están preocupados por el hallazgo de nuevas formas, por combinar textos, imágenes y sonidos de una manera que a nadie se le había ocurrido. Su reconocimiento en el mercado depende de que su firma, o la de la empresa para la cual trabajan, logren sorprender periódicamente, ofrezcan novedades que los diferencien de los competidores y de su propio pasado.
En las artes "cultas" algunos autores preguntan si la pérdida de la creatividad no sería un fenómeno del mainstream, o sea de los artistas controlados por circuitos de galerías y museos que tienen sus centros en Nueva York, Londres, París y Tokio, quienes se han rendido "a la imagen efímera de los medios y a la persuasión sin protestas"... "al declive general de los niveles educacionales" y al "estado de continua agitación, pero cada vez con menos expectativas" (Hughes, 1992), que se observa en las metrópolis citadas.
En búsqueda de nuevas fuentes creativas, museos de esas ciudades miran hacia las minorías de sus propios países, al arte y las artesanías de sociedades periféricas. Algo semejante ocurre en la realimentación del mercado de la world music con melodías y cantantes étnicos, lo cual suele llevar a oponer fácilmente un primer mundo fatigado y un tercer mundo creativo. Tales exaltaciones ocasionales no modifican la asimetría, la desigualdad estructural entre unos y otros, aún más difíciles de superar en las condiciones de empobrecimiento y retracción de las inversiones culturales sufridas en las naciones periféricas.
Además, la creatividad pasa a valorarse en un sentido más extenso, no sólo como producción de objetos o formas novedosas, sino también como capacidad de resolver problemas. La cultura actual exalta la creatividad en los nuevos métodos educativos, las innovaciones tecnológicas y la organización de las empresas, en los descubrimientos científicos y en su apropiación para resolver necesidades locales. En la pedagogía ordinaria y en los cursos de reciclamiento se elogian la creatividad, la imaginación y la autonomía que facilitan reubicarse en un tiempo de cambios veloces (Chiron).

26.2.07

Quién y qué leer: breve y vieja reflexión de CDM


De esos días en que sólo hay voluntad para escarbar en los archivos periodísticos del quehacer cibernético, encontré esta reflexión de 1996 sobre la lectura (y con ella la literatura española), del crítico Christopher Domínguez Michael. A más de diez años de distancia, en México, pocas cosas han cambiado verdaderamente ¿O será que diez años no son nada? En fin, aquí queda el testimonio del crítico de Coyoacán.


Lo que no leen los que leen en México
por Christopher Domínguez Michael

Paseando por los tiraderos de las grandes librerías del sur de la ciudad, donde se rematan los clavos, esos libros quedados durante décadas, o admirando las cada vez más atractivas (y caras) casas de Palma y Donceles, uno descubre qué es lo que no leen quienes en México deberían hacerlo. Pues ya Gabriel Zaid explicó que el problema no es que lean el carnicero o la costurera (que en ningún país leen), sino que no lean los universitarios, pues el número de graduados es mucho más alto que el tiraje de los libros técnicos o humanísticos. Me impresiona que en los saldos abunde, en lo que a letras respecta, la literatura española. Valera, Galdós, Clarín, Azorín, Baroja, Pérez de Ayala y hasta Juan Benet (acercándonos a nuestros días), o los clásicos castellanos, con excepción de Cervantes y Quevedo, son los autores que usted puede adquirir a 5, a 10, a 20 pesos en calidad de clavos. Esto quiere decir, supongo, que los amantes de las letras desprecian esa prosa (y los magníficos estudios críticos que a veces genera), y prefieren leer autores mexicanos o a los clásicos franceses o rusos. Este fenómeno, que no es ninguna sorpresa si se recorren las bibliotecas particulares de los propios intelectuales, queda dramáticamente constatado en el pequeño mercado del libro capitalino. Yo también fui de quienes despreciaban -sin haberla leído, claro- esa literatura, hasta que amigos piadosos me advirtieron que la corrección de mi horrible gramática debía pasar por la voluntad de dominar a quienes habían escrito en mi lengua. Ahora que no suelto mis Galdós por ningún motivo, me alegro de pertenecer a una sección de la VI Internacional, pues cada vez que necesito literatura española me basta con 100 pesos para surtirme por un año, pues mis autores predilectos duermen el sueño de los justos en tenderetes libreros de toda laya. Y cuando leo los horrores que redactan la mayoría de los escritores más jóvenes me doy cuenta que ellos, como a mí me ocurría, leen español de traducciones. El desprecio por la literatura española del siglo XIX, por ejemplo, es un enigma crítico que puede empezar a resolverse preguntándose por qué no la leen quienes debieran.



Publicado en El Ángel de Reforma, el 4 de agosto de 1996.

Dos joyas de James Laughlin: editor

James Laughlin, fundó una de las editoriales más importantes en lengua inglesa, la hoy mítica New Directions; y no pudo encontrar mejor título para el cuaderno de notas que aparece como autobiografía, aunque sea más un recuento (incompleto) de reflexiones y anécdotas desenfadadas, The Way It Wasn't.
Se dice que New Directions nació con el propósito de que Erza Pound siempre tuviera un sitio donde publicar. Pronto se convirtió en un lugar seguro para la buena literatura. Hoy, por ejemplo, es quien edita en inglés a Roberto Bolaño y Javier Marías
La muerte de Laughlin el 12 de noviembre de 1997 interrumpió el trabajo sobre el original (mitad álbum de recortes y mitad abecedario, a la manera de las memorias de Czeslaw Milosz) por lo que su consumación corrió a cargo de Barbara Epler y Daniel Javitch.
A continuación dos joyas que nos dejó el excéntrico editor (especie en peligro de extinción) que fue James Laughlin y que tuvo a bien hallar don Antonio Saborit.


Me dedico a incubar, pero cuando llega el momento de entrar a las librerías y pelear, peleo con todo lo que tengo. La mayor parte de los compradores son mujeres: perras: mujeres maduras bastante idiotas sin formación de ningún tipo, preocupadas por la administración, enemigas en verdad del libro que requiera de inteligencia para su lectura y para su venta. A estas criaturas las tengo que cortejar. Debo arreglármelas de alguna forma para pasar su caparazón y hacerlas que rompan sus normas, para hacerlas que pongan un buen libro, un libro de poemas, en sus estantes. Vender es en realidad un arte mayor, y en él yo sólo soy un novicio, pero se te mete en la sangre. Identificar a un comprador a primera vista, en el instante que te queda libre cuando entras a una librería, elegir en el momento la estrategia que has de tomar, y luego atacar... y no rendirse al primer revés sino insistir, probando hasta el último truco que aprendiste la última vez. Cualquier cosa por no regresarte con tus libros, o mejor todavía, por salir con una orden de compra. Es como el polen que deposita un insecto en donde no se le quiere. Crees en la semilla que llevas contigo. Estás seguro de que con que dejes los libros a la vista en la librería alguien llegará y los comprará. Pero primero debes pasar a este Cancerbero, a esta espantosa mujer madura con arrugas de infelicidad en la cara, este símbolo de la tacañería y de la estupidez. Ella es el enemigo, aunque también ella es el amigo. Dios mío, cómo la quieres una vez que te ha comprado algo. Todo tu desprecio se desvanece y se vuelven amigos. Te quedas ahí sentado después de realizar la venta, en una especie de calma después de la tormenta, y te pones a hablar de negocios de un modo amable y tranquilo, ida toda tu furia y con un sentimiento de cabal satisfacción, como si acabaras de concebir una criatura.

James Laughlin en The Way It Wasn't , entrada de "venta de libros".


Joyce ha sido una presencia muy fuerte en mi mente desde los diecisiete años pero nunca leí el Ulises de principio a fin, siguiendo cada palabra y cada renglón mágicos, sino hasta los sesenta. Durante todos esos años leí sobre él, leí sus obras menores, hablé de él como un conocedor, publiqué Stephen el héroe e imprimí Exiliados, compré el libro pionero de Harry Levin sobre Joyce y la edición que preparó Forrest Read de la correspondencia Pound/Joyce, incluso lo conocí, pero en realidad no le entré al Ulises. Me temo que esto diga mucho sobre la superficialidad de mi carrera literaria. El que pasa por encima. El que pica. El que hace calas. ¿Un fingidor? Pero a lo mejor los cuarenta años de procrastinasión fueron buenos. De haberme sampado todo el Ulises a los diecisiete años me habría perdido muchas de sus maravillas por falta de información. A los sesenta se dejaron ver muchas cosas, aunque no todas (¿quién es capaz de reconocer todo?). Y uno sigue aprendiendo del texto. El texto se vuelve más envolvente, hasta de la experiencia propia.

James Laughlin en The Way It Wasn't , acerca del "Ulises" de James Joyce.

25.2.07

El príncipe de los críticos

Considerado como uno de los hitos de la historia de la crítica occidental, Paul de Saint-Victor es también un gran desconocido de la modernidad literaria y aún más, de la historiografía teatral. A continuación se reproduce un texto (publicado en el suplemento El Ángel de Reforma) acerca del llamado "príncipe de los críticos", que nació en París en 1827 y murió en la misma ciudad en 1881.


Saint-Victor en 1870
Por Christopher Domínguez Michael


A De Ita

El dominio de Paul de Saint- Victor sobre la vida literaria y el teatro francés llegó a ser tan persuasivo que sorprende saber que era él y no Sainte-Beuve (1804- 1869) quien merecía el cursilón y rotundo título de “príncipe de los críticos”. Y las pocas imágenes vívidas que tenemos de ese príncipe desterrado por el olvido son aquellas que dibujaron de manera fraterna, ácida y especiosa los hermanos Edmond y Jules de Goncourt en su Diario.
A Saint-Victor los Goncourt llegaron a adorarlo como la más deslumbrante de las inteligencias de Francia. En 1857, le dan la bienvenida como personaje del Diario y en 1860 ya lo encontramos viajando con los Goncourt por las pinacotecas de Munich. Meses después será admitido en las comidas presididas por Gustave Flaubert en el restorán Magny, donde figurará en compañía de Ernest Renan, Alphonse Daudet, Hyppolite Taine e Iván Turgueniev, discutiendo, por ejemplo, si Madame Bovary debe o no llevarse a las tablas.
De aquellos días felices es el siguiente retrato que de Saint-Victor hacen los Goncourt: “Siempre encantador, espiritual, chispeante, estallando en coloridas metáforas... Un espíritu alimentado por lecturas inmensas y extendidas, por una memoria de folletinista enciclopédico... Espíritu de pintor escasamente crítico, con una conciencia poco masculina y poco personal... Aunque lleno de respeto por lo humano, hombre de un gusto ordenado pero soso —una suerte de girondino en materia de arte”. (Journal, I, R. Laffont, 732-733).
Aquellos escrúpulos consignados por los Goncourt se irán apoderando, con los años, del retrato. Es natural que así suceda: tratándose de nuestros amigos, el tiempo convierte a las virtudes en marcas genéticas o en cualidades inmanentes, mientras que los defectos nos parecen obra de la voluntad manifiesta de irritarnos. Tan pronto como en 1862, los Goncourt ya encuentran en Saint-Victor, pese a seguirle reconociendo opiniones amables y finas, una persona —crítico al fin y al cabo— incapaz de tener una opinión propia o alguna idea que no haya sido previamente impresa o profesada por alguien antes que él.
El 11 de julio de 1881, enterado de la muerte de Saint-Victor, ocurrida dos días antes, Edmond de Goncourt —pues su propio hermano Jules había muerto en 1870— anota desganadamente: “Yo estaba malquistado con él y nunca tuve la menor estima por su carácter, pero fue mi compañero de letras a lo largo de tantos años...” (Goncourt, op. cit., II 901).
Los sucesos públicos capitales en la vida de Saint-Victor, como para la mayoría de los franceses de su generación, ocurrieron, en rápida sucesión, entre julio de 1870 y mayo de 1871, de la declaración de guerra a Prusia a la capitulación de Napoleón III, del bombardeo de la capital francesa a la proclamación de la República y el aplastamiento de la Comuna de París. Como tantos de sus colegas, Saint-Victor fue un ardiente nacionalista y un rabioso enemigo de los comuneros, un periodista ansioso de purgar a los prudentes, a los pusilánimes y a los vacilantes, a todo ellos a quienes “el cosmopolitismo les había podrido el corazón”.
En 1872, publicó Barbares et Bandits. La Prusse et la Commune, una colección de artículos que son casi imposibles de tolerar por la impudicia de un lenguaje xenófobo y racista que en nuestros días hemos perdido la costumbre de leer como parte de la literatura. En sus libelos, Saint-Victor relaciona a los prusianos, el enemigo exterior con los comuneros, la quinta columna, organizadores de una orgía roja dirigida por la botella, “el principal instrumento de gobierno de la Comuna”.
Saint-Victor es buen ejemplo de cómo los literatos decimonónicos dejaron muy bien preparada la escena para que se posesionase de ella el espíritu de barbarie del siglo 20. Y creo que, en su caso, su rápida desaparición de la historia literaria tuvo que ver, además que con la debilidad intrínseca al periodismo literario, con su fama de pandillero en la debacle de 1870-1871. A diferencia de otros implicados, como el viejo Flaubert y el joven Zola, Saint-Victor no tenía una obra literaria más o menos imperecedera ni una reputación moral a conquistar que lo defendiese de la reprobación de la posteridad.
Quedémonos, finalmente, con una viñeta de Saint-Victor y de sus maestros los Goncourt, tal como fue consignada en el Diario, a su manera una peculiar obra de grupo, el 22 de octubre de 1866. Edmond y Jules eran “hipermodernos” (lo cual los convierte en nuestros bisabuelos posmodernos) y juraban por el siglo dieciocho como la única antigüedad tolerable y por Voltaire como el único Dios cuyo nombre valía la pena pronunciar.
Y en ese trance provocaban a Saint-Victor denostando a Homero y a los trágicos por anticuados y obsoletos, provocación que “el último de los griegos”, el joven y solemne crítico se tomaba muy a pecho, él, talentosísimo, sentado a la mesa de los inmortales, de la cual fue despedido en un abrir y un cerrar de ojos.


Reforma, El Ángel, 4 de febrero de 2007.

11.2.07

¿Existió el Molière dramaturgo?


La confusa vida y muerte de un cómico o las lecciones de un dramaturguista


Jean-Baptiste Poquelin, más conocido como Molière, puede considerarse como la cima de la comedia clásica en Francia y de la commedia dell’arte adaptada a las formas convencionales del teatro francés (y que el teatro occidental adoptó como universales), para lo que unificó la sonoridad, ciertas formas coreográficas (hasta entonces inéditas) y sobre todo un texto que atendía las necesidades dramáticas de los figurantes en la escena; en algunos casos, más que un dramaturgo Molière fue un dramaturguista. Privilegió casi siempre los recursos cómicos, y fijar temáticamente el drama en la hipocresía de su tiempo mediante la ironía que traspasaba hasta la insolente crítica. Dramaturgo y actor (muchas biografías pasan por alto su profesión cómica), destacó, ante todo, por su sagacidad a la hora de crear caracteres vivos y reales.
Sin embargo, la muerte de Molière, ocurrida en febrero de 1673 ha desvelado los afanes de críticos e investigadores hasta la confusión histórica y el mito, no sólo por las circunstancias de su muerte, sino por la afectación de su obra en la sociedad francesa, así como su figura dramática. El primer dato (de su muerte) dice que falleció el día 12 de febrero (pero fue enterrado hasta el día 17, por órdenes de la Iglesia católica que consideraba la profesión de cómico inmoral, y fue necesaria la intervención del rey, aún así el actor fue sepultado de noche), aunque lo común es recordar la muerte del dramaturgo el día 17 de febrero. La fecha es lo de menos, puesto que la tesis histórica –sobrevaluada después de la revolución francesa y plagada de romanticismo– dice que murió en el escenario, cuando interpretaba un personaje de su propia creación en El enfermo imaginario (¡Oh, paradoja!).
Otra versión dice que al sentir extraños dolores en el vientre, decidió dejar la puesta en escena y fue a morir a su casa, unos minutos después de haber pisado el escenario, durante la cuarta función de El enfermo imaginario. Se dice que murió en París, aunque existe la versión de que murió en un pueblo cercano –la cual ha sido desestimada hace tiempo– justo cuando apareció otra dilucidación de la muerte de Moliére, la que cuenta que había muerto en el traslado de una villa cercana a París y su casa, antes de comenzar la función, a causa de una súbita enfermedad. No faltó también –en el siglo IXX, especialmente– quien culpara a la Iglesia de la muerte del cómico, y pusiera en la mesa de las explicaciones histórica, la tesis de que Moliére había sido envenenado antes de comenzar la función, por parte de un misario del clero.
Mi versión es que el desquiciado cómico francés, poeta de la escena, no agonizó en un mugriento escenario de París; está vivo su drama, y eso es lo que importa, por encima de las tildes biográficas de especialistas, vive en la memoria de actores, directores, adaptadores, lectores y espectadores. Se exageran las circunstancias en la muerte del dramaturgo sólo para darle a su condición de actor un carácter de emoción, de exotismo, que no necesita, dada la altura intelectual y el poder de su pluma, que puso a temblar a burgueses y cortesanos. No podemos juzgarlo como actor, pero sí como autor, y su muerte sólo es consecuencia de su amor por el teatro.
Aunque ahora su amor por el teatro puede ponerse en tela de juicio, y entonces Molière pasaría a la historia sólo como un ambicioso. Apologías y efemérides aparte, al parecer (lo dice un filólogo francés) tampoco podemos celebrarlo como dramaturgo. Denis Boissier, presentó en el 2004 un libro donde indica que Molière no es más que un impostor, y que jamás escribió una obra de teatro. En el libro El caso Molière, se ofrecen unos 130 indicios —no pruebas concluyentes— de que el escritor francés Jean-Baptiste Poquelin, habría pagado a Pierre Corneille (1606-1684) para que le escribiera en secreto las obras de la más trascendental y conocida dramaturgia del teatro francés.
Boissier asegura haber leído más de 300 textos y libros sobre ambos dramaturgos y llega a la conclusión de que la ajetreada vida de Moliére, en pleno siglo XVII, y su falta de erudición, son totalmente incompatibles con el número y el calado de las obras de teatro que se le atribuyen. Se apoya en la ausencia de trazas manuscritas de las obras o al menos cartas que atestigüen el proceso de creación. "Molière no escribió nada en toda su vida", asevera Boissier, "y el rey Luis XIV, que no era tonto, dudaba mucho de que éste tuviese el tiempo de escribir, puesto que pasaba sus días actuando, dirigiendo las obras, organizando las giras provinciales de su compañía y divirtiéndose". ¿Cómo es posible que Moliere produjera tantas obras en tan poco tiempo? ¿Por qué Poquelin decidió adoptar de repente este pseudónimo tras pasar seis meses en Ruán, donde vivía Corneille? ¿Por qué este último nunca se pronunció sobre la obra de su compatriota?, son algunas de las paradojas que Boissier explora en su obra. Lo que Boissier afirma echaría por tierra la imagen del gran autor dramático, libertino y genial, que la Revolución francesa encumbró por sus manifestaciones anticlericales y ese desparpajo para hablar contra la burguesía francesa.
Es probable que sea Molière el más importante escritor francés y sin duda uno de los dramaturgos más sobresalientes de la historia, sin embargo, esta propuesta histórica sobre la veracidad de su estampa provoca desconcierto entre sus admiradores (yo entre ellos). Por fortuna, Alain Niderst, profesor universitario experto en Molière, considera que la tesis está "despojada de credibilidad y de toda prueba formal" y que Corneille nunca tuvo la visión cómica del autor de El Tartufo o El enfermo imaginario, pero consiente que el libro "abre un problema interesante".
Quizá el problema reside justamente en la condición de dramaturguista de Molière (es decir, un tipo que escribe desde la escena y corrige según los planteamientos y necesidades de un grupo actoral específico), porque antes que ser un dramaturgo convencional (como hoy se dice, de gabinete) que entregaba los textos a compañías establecidas, se tratatba de un actor, quizá poco instruido, pero con una gran olfato escénico, y mucha intuición para los desarrollos cómicos. Quizá este sea el problema que origina la confusión histórica.
Lo cierto es que las indagaciones de Boissier se apoyan en la ausencia de cartas y manuscritos, además de que alega complicidad entre Molière y la corte (“era un protegido del rey”) para invitar a la sospecha. Ya en 1919 el poeta Pierre Loüys escribió: "no es el estilo de Corneille, sino la firma de Molière la que necesita de pruebas". Una polémica a la que no han sido ajenos otros grandes del teatro, como el propio Shakespeare, en quienes algunos expertos han visto sólo la figura y el nombre de la obra dramática de Francis Bacon.
¿Existió el Molière dramaturgo o sólo celebramos al director de escena y actor? ¿Y cuándo y por qué ocurrió verdaderamente su muerte? ¿Pudo ser el propio Pierre Cornielle harto de la fama ajena?